Mi Ensayo
La literatura en la infancia: Una puerta hacia una nueva forma de vivir
Escribir acerca de la forma como la literatura tiene efectos directos sobre el desarrollo de niños y jóvenes, puede convertirse en un ejercicio de introspección; especialmente cuando quien escribe, ese es mi caso, siente que gran parte de su personalidad y su forma de ver y asumir el mundo están ligadas a la fuerte y grata experiencia frente a la literatura en la época de infancia, además al contacto con aquellas personas que facilitaron ese encuentro. Procuraré no convertir el presente ensayo en un testimonio en primera persona, aunque seguramente mi amor y gratitud a la lectura serán un invisible hilo conductor.
La lectura se convierte para el niño en una verdadera ventana para ver el mundo, no importa que los hechos sean muy reales o absolutamente fantásticos, el espíritu del pensar y el sentir del ser humano está implícito allí, la literatura facilita el conocimiento, el análisis y la interpretación del mundo real en tanto brindan elementos de la cultura y el saber universales, esto enriquece la mirada del pequeño o joven lector frente al mundo que lo rodea, enriquece su imaginario y contribuye a su construcción como sujeto.
¿Pero en qué radica realmente esta capacidad de la literatura para intervenir tan activamente en el desarrollo del sujeto en formación? Graciela Montes nos da pistas para desenredar esta madeja, dice que “Jugar nos ayudaba a entender la vida, y también el arte nos ayuda a entenderla. Pero no porque los cuentos digan de otra manera ciertos asuntos o expliquen con ejemplos lo que nos pasa, sino por las consecuencias que trae habitarlos, aceptar el juego”[1]
Y es que cuando el contexto y el acompañamiento brindan las condiciones adecuadas para que el niño se aproxime a la lectura con la misma inocencia, y el mismo entusiasmo con que se acerca al juego, a aquello que es mas que una obligación o un deber, se obra un fenómeno maravilloso, la mente del niño se abre, se expande y permite que todo ese potencial latente se ponga en marcha.
La misma Graciela Montes ya nos lo había dicho, “Había algo que yo atrapaba mientras estaba dentro de ellos [los cuentos] y que luego, al salir me ensanchaba, me volvía más sabia”[2]
Y es que es imposible penetrar en el mundo literario y salir intacto, el lector vive la lectura, se enriquece y participa de la construcción de cultura a escala individual y colectiva. Aprender a habitar ese mundo, esa otra realidad, le abre al niño las puertas para habitar el mundo real del cual aquel es mucho más que un reflejo. Ambos universos se nutren uno del otro, el mundo imaginario se construye a partir de la realidad, pero la actividad creadora del escritor va mas allá y lo llena de elementos nuevos que aportan en la interpretación de la vida.
Un niño o un joven que lee tienen enormes ventajas frente a los demás, su mente se enriquece con vivencias que si bien no se desarrollan en el tiempo y el espacio de la realidad sino en otros “mundos”, son reales en tanto son percibidas en su conciencia y dejan huella, son experiencias con el lenguaje y los símbolos, con la infinitud y universalidad de los temas, tan enriquecedoras como la vida misma y que en la misma medida impulsan su desarrollo, le ayudan a conocerse, a conocer la cultura, la naturaleza humana.
Pero esto no es patrimonio exclusivo del los niños o jóvenes, como adultos la literatura continúa siendo una experiencia de vida, y como tal constructiva y enriquecedora, mas aún cuando al madurar se adquieren herramientas con las que de niño no se contaba y que permiten hacer construcciones mas elaboradas y nutricias, sin hablar del infinito placer en que se constituye el acto de leer, sin importar que pueda llegar a tener algún “fin práctico”, como plantea Michèle Petit: “La lectura puede ser, justamente, en todas las edades, un camino privilegiado para construirse uno mismo, para pensarse, para darle un sentido a la propia experiencia, un sentido a la propia vida, para darle voz a su sufrimiento, forma a los deseos, a los sueños propios”[3]
El adulto que conoce el gran poder de la literatura en su vida tiene una enorme obligación, es la de transmitir, de compartir ese tesoro con el niño, más aún cuando ese adulto pretende constituirse en un como maestro, en este caso se torna entonces de vital importancia el aprovechar toda esa riqueza de lo literario en el ámbito educativo.
Potenciar el poder de la literatura en la educación es liberarla de esas cadenas que la someten a ser un simple instrumento en el aprendizaje de la lengua y reconocer que es una puerta abierta no sólo para acceder de una nueva forma a todas las áreas del conocimiento sino también para internarse en el mundo interior del niño y su evolución como persona que percibe, piensa y siente.
En nuestro momento histórico ya no es una novedad el hecho de que la educación debe ir mucho más allá de la instrucción, es procurar el desarrollo integral del sujeto en formación. “Debemos plantearnos el cultivo de las emociones en el niño y el joven como un campo importante de su educación”[4] y en este aspecto la literatura es un mundo que posibilita el acercamiento del estudiante a su mundo interior.
Muchos niños perciben la literatura como una tediosa tarea del colegio, es importante modificar las estrategias y políticas educativas para que la didáctica en la enseñanza de la lectura lleve al niño a ese encuentro vital con el libro, pero se necesita algo mas que un cambio en los mecanismos, “El maestro debe conocer primero lo que va a transmitir a sus alumnos y cómo deben realizar ellos tal cometido”[5] y en el caso de la literatura mas que conocer el contenido, el maestro debe vivir la literatura, es necesario que ella forme parte de sus experiencias de vida, pues de lo contrario no podrá contagiar al niño de amor, de una verdadera pasión por el libro que lo lleve a ejercitar el poder de su imaginación en la construcción de sí mismo como persona.
La experiencia de crecer al lado de la literatura se convierte en la base para que el sujeto perciba e interactué con el mundo de otra manera, de una forma profunda e intensa que contribuye no sólo a su desarrollo integral, lo hace un ser que aporta al desarrollo de la cultura y la verdadera civilización en la medida en que lo acerca a su naturaleza humana y por lo tanto al otro con quien comparte esa naturaleza, en definitiva se constituye en una forma nueva de vivir.
[1] MONTES, Graciela. El corral de la Infancia. Fondo de Cultura Económica. México, 2001. p.28
[2] MONTES, Graciela. El corral de la Infancia. Fondo de Cultura Económica. México, 2001. p.23
[3] PETIT, Michele. Nuevos Acercamientos a los Jóvenes y la Lectura. Fondo de Cultura Económica. México, 1997. p.74.
[4] ARANGO R., Sofía Stella. La Necesidad del Arte en la Formación del Niño y el Joven. Revista Sociología No.22. Medellín, 1999. p.60.
[5] ARANGO R., Sofía Stella. La Necesidad del Arte en la Formación del Niño y el Joven. Revista Sociología No.22. Medellín, 1999. p.61.
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