Eran las doce y un minuto de la mañana y ¡por fin!, estaba casi segura de que mi madre había logrado conciliar el sueño. Tendí mi cama rápidamente, me quité la piyama y empecé a buscar mi mejor pinta para ir al baile. Elegí entre mi poca ropa un vestido rojo, muy sexi por cierto, me recogí el cabello, rocié cada rincón de mi piel con colonia “Prints”, me puse los aretes que había comprado el día anterior y me maquillé un poco. Cuando iba a salir mil cosas pasaron por mi mente, pensé en que de pronto mi madre se levantaba para ir al baño y me pillaba saliendo de casa; o que tal vez no estaba dormida como yo creía y con cualquier movimiento me delataría ante ella. Tuve un pánico terrible, temblaba, sudaba y me daban ganas de arrepentirme. Era la primera vez que desobedecía las órdenes de mi madre y esperaba que no me fuera a pesar en el alma haberlo hecho. Por fin me decidí, cerré la puerta y corrí y corrí hasta saber que estaba lejos de casa y podría disfrutar del baile.
Yeraldí Peña. 14 años. I. E. San José (Itagüí). 2008

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